domingo, 18 de marzo de 2007

El cigarrero


Es dueño de una de las cigarreras más grandes, pero no fuma.

Le pregunto por qué no fuma.

Me explica que son sumamente adictivos, sumamente dañinos y excesivamente caros. Por eso no fuma.

Hay un silencio, en el que se queda pensativo. Suspira.

Llorando, se acerca a mí,
me dice que espera que algún día el mundo lo perdone, y me pide, tomandome el brazo, que a nadie le platique lo dicho en esta conversación.
Le digo que no se preocupe, de poco sirve contarlo,
que al mundo le importa un carajo que los hagan adictos,
que les hagan daño
y que les roben.
Para ellos, eso es estar a la moda, seguir a los grandes, pertenecer, ser aceptados.
Y creen vivir felices, saciar sus impulsos, cumplir sus deseos,
hasta que ven su invariable dependencia, su salud amputada y su cartera menos llena de lo que debería.
El hombre sacó una pistola. La puso en su sien, y después de pensarlo un minuto, me disparó.

No hay comentarios: